Los cambios en el banquillo y la eficacia a balón parado permitieron al equipo neutralizar un 3-1 adverso tras una nefasta actuación de los titulares.
El conjunto dirigido por José Mourinho sobrevivió a una noche negra en el Olímpico de Roma tras verse superado por un contundente 3-1. La apuesta inicial del técnico portugués naufragó por completo, con una versión muy alejada de su mejor nivel en piezas clave como Vinicius Júnior, Jude Bellingham, Aurélien Tchouaméni y Federico Valverde. Una grave pérdida del atacante brasileño propició el segundo tanto local, dejando en evidencia las enormes carencias futbolísticas de la alineación titular.
La dinámica del encuentro cambió de forma radical en la segunda parte gracias a las decisiones desde el banquillo. Arda Güler asumió el mando del juego y resultó determinante al botar tres saques de esquina que terminaron en gol. Por su parte, el canterano Espí inició la épica remontada tras aprovechar un rechace, mientras que Endrick insufló profundidad y peligro por la banda derecha hasta certificar el definitivo 3-3 con su anotación.
Esta heroica reacción apela directamente a la tradicional mística del club en la Liga de Campeones, aunque deja serias dudas sobre el rendimiento del bloque principal. A pesar del valioso punto rescatado en Italia y los minutos de calidad ofrecidos por Bernardo Silva en el tramo final, el equipo volvió a ofrecer una imagen caracterizada por el sufrimiento extremo y la dependencia del balón parado para salvar la papeleta.
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